martes, 27 de abril de 2010

Lázaro en su puzzle.

 

 

Lázaro había heredado su nombre y su puzzle de su bisabuelo.

Le había compartido durante pocos años, murió cuando élempezaba al colegio, pero en sus recuerdos de infancia ocupaba un lugarpreferente.

El bisabuelo parecía tan viejo que cuando le contaba historiasde la guerra, Lázaro siempre había pensado que se refería a la Reconquista,cuando los Reyes Católicos, los moros y todo eso, porque el abuelo hablaba detropas africanas y de cómo un sargento moro le había salvado una vez la vidarepartiendo su comida con él, a saber: un chusco de pan duro y dos 'onces'(decía el abuelo) de chocolate negro.

Tuvieron que pasar muchos años y un par de planes de reformaeducativa para que le tocara a Lázaro aprender lo suficiente sobre Historia deEspaña como para distinguir la Reconquista de la Guerra Civil, que era la quesu abuelo le contaba cada tarde, después de ver las noticias en la tele yempezar a liar a mano su Celta sin filtro, partido en dos para que durase másel paquete y la abuela protestara menos.

El puzzle que le había dejado en herencia el abuelo era unpaisaje oscuro y extraño, sin duda irreal, fruto de la imaginación del autor.

El abuelo lo solía hacer muchas noches, al atardecer, como unaespecie de ritual. Lo terminaba, se lo enseñaba a Lázaro durante unos segundosy, de un solo manotazo, lo deshacía, volviendo a colocar las piezas en su cajade madera, astillada por una esquina y con la pegatina levantada.

--¿Qué es, abuelo? --le había preguntado en más de una ocasiónel niño.

-- No lo sé. Se lo había comprado como regalo un compañero míoa su novia pero, ese mismo día, ella se fue con otro. Mi amigo tiró la caja ala basura, enfadado, y yo la recuperé. Me llamó la atención la imagen de lacaja. Siempre he pensado que me gustaría poder jubilarme algún día en su sitiocomo ese. Se debe estar en paz en un sitio así.

Al niño le parecía una cabaña más bien lúgubre sobre un fondoanimado por extrañas pinceladas de colores mezclados durante alguna noche deinsomnio, pero como a su abuelo le gustaba, le parecía un lugar mágico. Sinduda, cuando creciese, comprendería lo que representaba aquella imagen para subisabuelo, se decía a sí mismo el Lázaro más joven.

El día en que al abuelo le diagnosticaron un cáncer de esófago,regresó a casa a mediodía y se puso a montar el puzzle.

En ese momento Lázaro comprendió de alguna forma con su menteinfantil e infinitamente poderosa que era la última vez que su abuelo colocabalas piezas en su orden y que no volvería a compartir con él atardecer alguno.

Lázaro, el mayor, terminó su puzzle, llamó a su nieto paraenseñárselo, como cada vez, le dio un gran abrazo y le dijo:

-- Coloca tú de nuevo las piezas en la caja. Cuídalo. Ahora estuyo. Me voy a dar un paseo.

El abuelo no regresaría de ese paseo. Durante los díassiguientes todo fue un poco locura alrededor de Lázaro, el único que quedaba.Se fue a dormir un par de noches a casa de una vecina amable, en el colegio lemiraban las profesoras y susurraban algo entre ellas. Susurraban lo mismo quehabía conseguido escuchar a hurtadillas: algo sobre el abuelo, una enfermedad yun acantilado.

Lázaro no preguntó por él. En su interior, sentía que el abueloestaba por fin en la cabaña junto al mar que él tenía ahora en su caja demadera llena de piezas troqueladas.

A pesar de imaginárselo feliz, su recuerdo le resultabademasiado doloroso como para atreverse a abrir la caja e intentar construir elpuzzle.

Lo hizo al fin en su adolescencia. Lázaro ganó un concurso depintura, con un paisaje que le recordaba lejanamente al que recordaba estabapintado en la caja del puzzle.

Esa noche, para celebrar el triunfo, decidió construir elpuzzle.

Le costó unas horas y una gran frustación montarlo. Al filo delas tres de la madrugada tuvo que rendirse a la evidencia: faltaba una pieza.

Lázaro lloró ese día por su abuelo muerto. Lloró porque nuncamás podría contemplar el puzzle completo, porque sentía que le había fallado asu bisabuelo al haber perdido esa pieza, porque ya era demasiado mayor paracreerse que el abuelo estaba feliz en alguna cabaña como aquella, porque notenía con quién compartir su premio ya que en su casa consideraban una tonteríaeso de andar llenando de garabatos los lienzos en vez de hacerse ingeniero comoel primo Héctor...lloró porque se convertía en adulto y se daba cuenta y noquería.

A lo largo de los años siguientes, Lázaro no lloró más.

Cuando se sentía triste montaba el puzzle, contemplaba el huecovacío y se inspiraba en él para llenarlo de colores, paisajes, cuadros ycuadros sin fin que surgían de su imaginación a borbotones.

Pero Lázaro no dejó de buscar la pieza que faltaba.

La primera vez que hizo el amor con una mujer, la invitó amontar el puzzle al terminar.

Cuando nació su primer hijo, se llevó el puzzle al hospitalpara construirlo con el bebé en brazos.

En la primera comunión de sus gemelos, les regaló una réplicadel puzzle, en madera, con la pieza que faltaba incluida...pero que él senegaba a suplir con ninguna de pega.

Al divorciarse, sólo se llevó de su casa sus pinceles,paletas...y la caja con el puzzle.

Exposición tras exposición, premio tras premio, Lázaro llenabauna y otra vez el vacío de su pieza. Empezó a utilizar lienzos con forma depieza de puzzle, y durante unos años se convirtió incluso en un referentecultural en ambientes elitistas. Una prestigiosa firma de diseño le compró laidea por una bonita cantidad y sus piezas de puzzles vacías se convirtieron encolgantes, llaveros, pendientes, y Lázaro pudo construirse una cabaña tal comola de su paisaje, al lado de su mar preferido, donde construir su puzzle una yotra vez y pensar en lo mucho que le hubiera gustado aquel sitio a su abuelo.

Lázaro llenó el mundo de otros de piezas de puzzles...peroninguna era la suya.

Cuando había pasado ya con creces la edad de su abuelo lediagnosticaron un cáncer de esófago. Lázaro nunca había fumado, pero no lesorprendió el diagnóstico, sintió que era la forma en que debía irse, que erajusto.

Esa noche se fue a su propio acantilado, con su caja de madera.Montó el puzzle, y le dijo al viento, por si podía enviarle el mensaje a suabuelo:

-- Siento haber perdido la pieza, abuelo. Lamento no habertecumplido.

Una voz le contestó, como un secreto susurrado al viento:

-- La pieza nunca estuvo. La retiré yo antes de darte la caja.

Y esas fueron las últimas palabras que Lázaro escuchó mientrascaía y recibía el abrazo del mar, que no le supo húmedo y frío, sino tierno yprotector, igual que los de bisabuelo.

Le enterraron con una sonrisa. Era el ahogado más plácido quenunca habían rescatado los dos socorristas que se lo entregaron a la familia.

Precisamente, uno de ellos fue el que se encontró el puzzle,perfectamente montado, junto a las rocas. Le pareció un regalo precioso para sunovia, que ese día cumplía años y era fan de las famosas piezas huecas depuzzle de Lázaro.


Publicado por EljardindeShere @ 11:37
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios